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Un manifiesto en la voz del mexicano Salvador Pliegos



Salvador Pliegos
A los 43 normalistas de Ayotzinapa.



Manifiesto
Aquí, donde se queman estrellas y esplendores,
y por sobre la calle se arden las noches cual centellas,
y las ideas corren al viento encendidas
descolgando del cielo sus tronidos;
Aquí, que somos leña de asombro y de umbrales,
estatuto de consignas por la multitud de soles,
y somos frente de todas las gargantas
que encaminan lenguas hacia la pureza de las bocas,
y dejan campanadas de voces entonando
que la tierra está hecha a grito de emociones,
a gritos que ensanchan y bombean corazones.

Aquí, que la voz es un clamor y en la tierra es acogida
a golpes de semillas, a golpes de labranza,
por cada estruendo nuestro que la pulsa o la arroja
al grito de amor que nos levanta y arde,
por cada sentimiento que excita y nos anima
a ser nosotros mismos los centuriones férreos,
los gladiadores de oro luchando por la vida,
nos llaman a ser ahora: los independentistas
más grandes de la historia.

Vamos de nuevo
Hoy que la patria se nos está cayendo,
y se nos cae a marcha de injusticias,
a molde de tributos que acotan lo absurdo,
pues plasman incoherencias con necios atropellos
-¡se nos cae, y se nos cae a todos lados,
se nos va cayendo de los ojos,
se nos hace agua y nos gotea tierra y hierba,
nos aprieta sin linderos!-,
pienso que usted, al igual que yo, que nos miramos,
que nos decimos patria cuando amamos,
que a la tarde, y no importa si desnudos
o cubiertos de una sábana de cielo,
le pintamos los colores al amor con nuestro beso,
usted y yo, los dos de nuevo,
amaneciendo juntos y sonriendo,
seamos la patria ahora,
para irla de nuevo construyendo.

La paloma
Manos de pócima y cicuta la pintaron de negro.
Le quitaron el norte y el sur, y la pintaron de negro.
Le pusieron bozal en las alas, y la pintaron de negro.
La aventaron a la jaula a que migrara, y la pintaron de negro.
Hicieron cojín con sus plumas, y la pintaron de negro.
Le ataron collarín a su vuelo, y la pintaron de negro.
Le pegaron  vendaje a su trino, y la pintaron de negro.
La prensaron con tirria y con odio, y la pintaron de negro.
Para hacerla volver, le ataron el corazón a un desprecio,
y la pintaron de negro.


Plegaria
                   A los 43 normalistas de Ayotzinapa.

Váyanse a descansar.
Posen sus hombros cansados,
sus agotadas vestimentas,
lo que sus nervios dejaron en la greda
y en el lodo abatido por esfuerzos inhumanos
-la postración de la mirada más allá del fondo
y más allá de las grietas desterradas-,
para venir de nuevo, un rato, otra vez,
con las horas en la mano,
con el tiempo y valentía,
con la fortaleza de imposibles.

¡Vamos a encender los ojos!
No nos dolerán los besos, ni los labios,
ni los sentimientos hacia un sol cuando miremos,
ni el desnudo pie exprimiendo a las olas,
ni el retumbe de bigornias en los dedos.

Y con las manos atadas a la lluvia,
al torrente y cuello de otras manos,
por cada estrella mirándonos los iris
y cada sombra que se haya desprendido,
la túnica del alba y de las rosas
-al pan diario y nuestro-, le dé a los tibios salmos
un ángel único de bocas,
un grito de calles delirantes:
“Hijos nuestros… Padre nuestro…”,
y con ellos, los ojos en la tierra se incineren
por un beso que quisiera darles en la frente.

Más allá de la injusticia
Quiero quererte,
que no decaigas ni decaiga,
que no claudiques nunca,
que frente a la violencia
te aglutine con un beso
y me respondas,
que ante la ignominia de unos cuantos
formemos una cadena:
tú y yo, los dos juntos, boca a boca,
sin censura, sin diatribas;
tú y yo, llenos de voces,
porque no nos intimidan,
porque en nuestras bocas hay justicia
y eso vale mucho,
mucho más que la injusticia.

Emancipación II
Aquí nos prendimos de palabras y de hechos.
Y aunque no se escuchó sonido alguno,
cada letra se fue latiendo más fuerte,
hasta que sacamos el corazón a la calle
y latía a pleno grito.

Rebeldía
Se alzó un grito que no se oía.
“¡Calla la voz!“ –ordenóle un sable.
Mas el grito no se callaba.
“¡Silencia la lengua!“ –exigió la bayoneta.
Pero el grito más se escuchaba.
“¡Enmudécete y calla!“ –coaccionó el revolver.
Y el grito, al verles enfrente,
desbordó toda el alma
sin necesidad de garganta.


Salvador Pliego
Mexicano, nacido en la ciudad de México. Como escritor inició su carrera a finales de 2005 y desde entonces ha publicado más de 20 libros. Ha sido premiado en múltiples ocasiones y ha realizado lectura de su poemas en Estados Unidos, México, Perú, Chile, Argentina, España y Colombia.

Ayotzinapa: un grito por 43
El 26 de septiembre de 2014, en Iguala, Guerrero, México, el estado reprimió a un grupo de estudiantes y a 43 de ellos los secuestró y desparecieron. Desde entonces se inició un movimiento exigiendo su presentación con vida, lo que generó manifestaciones en todo México y más de 30 países.
El derecho a la vida es único e inalienable. Este libro denuncia a un estado coaligado e inmiscuido con el narcotráfico y exige, más que nada, el respeto a la vida.
Se dedica el libro a los padres de los 43 normalistas desaparecidos.


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