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El hotel de los inmigrantes



Desde Buenos Aires


Hay en Buenos Aires una oficina inmigratoria que se encarga de recoger a los recién llegados, darles albergue y procurar colocarlos en el interior de la República.

Para los que vienen sueltos y sin amparo, la nación tiene una casa donde se hospedan durante cinco días, después los interna y cada cual sigue su destino. Hoy era domingo y la ciudad estaba triste, con ese tedio singular de las poblaciones agitadas, cuya única y resonante alegría es el trabajo, el ruído de los negocios.

Aquí está el hotel. ¡Sarcasmo de los hombres! ¿Por qué habíamos de darle tan presuntuoso nombre a lo que es tan mísero y desgraciado? Llamar "hotel" a esta pocilga es un ultraje o una broma cruel. Esto es un caserón hediondo, una barraca somera y no un hotel.

La palabra hotel sugiere ideas agradables, limpias y felices; recuerda las casas donde viven los potentados, entre caloríferos, alfombras, criados y mesas bien abastecidas, o recuerda esos otros edificios que están en las estaciones, los balnearios y las grandes ciudades, donde llegan los viajeros y encuentran las más finas comodidades de la civilización. Situado en un desmonte, junto a las estaciones del ferrocarril del Retiro, entre locomotoras que silban y trenes que pasan corriendo, este hotel de inmigrantes tiene un prodigioso parecido con las plazas de toros de España; hasta los edificios o barracones adyacentes contribuyen a la semejanza, pues hacen las veces de los "chiqueros". Y esos que venden frutas y golosinas son los mismos que ahí en España se colocan a las puertas de los circos taurómacos, dándole al público pasto de naranjas, cacahuetes y altramuces. Pero allá, dentro de los circos, hay toros bravos que mugen; aquí hay un rebaño de personas inofensivas. No hacen daño. No matan. ¡Podemos entrar sin temor!.

Un olor pestilente nos saldrá al encuentro: olor a rebaño, olor a multitud, olor a miseria de personas juntas. ¡Qué mal huele la humanidad cuando se apelotona! Por la salvación de la especie, huyamos del apelotonamiento. El hombre no puede ser rebaño; en cuanto se apelotona huele mal y se convierte en cosa inmunda.

Pero ya la repugnancia del olor ha podido vencerse, ahora les toca a los ojos sufrir.

Terrible padecimiento de la mirada. Aquí tenemos un patio circular; grandes puertas dejan ver el interior de las zahurdas; y en cada zahurda hay un sinfín de literas acopladas y superpuestas, como en los trasatlánticos.
La misma escena de los trasatlánticos se reproduce en este hotel: parece un buque que se ha metido en tierra firme.

El mismo olor pestilente y sudoroso, el mismo hacinamiento, idéntico aspecto de hospital o de cuartel. Ropas sucias tendidas en desorden, mujeres tumbadas como fardos, hombres que fuman en silencio, un viejo que mordisquea un pan, un niño que juega, otro que llora, otro que chilla.

Las naciones, mezcladas: el italiano , cruzándose con el español; el ruso, con el sirio... Y allá arriba, en una litera alta, un individuo bien trajeado, vestido de negro, con sombrero hongo, sentado en una mecedora, mirando fijamente a a pared, como si buscase en la pared la solución inexplicable del enigma de su vida. ¿Qué haré? ¿Adónde iré? ¿Qué he sido hasta hoy? ¿Qué seré desde mañana? Acaso la muerte, acaso el dolor, acaso la fortuna...

Todas esas interrogaciones está proponiéndose ese hombre que mira fíjamente a la pared desde lo alto de su litera.

Una mujer peina sus cabellos grasientos en un rincón. Medio docena de rusos hablan en voz baja, próximos a la puerta. Hablan un lenguaje ténue... suave, mucilaginoso. Tienen los rostros achatados; los pómulos, salientes; los ojos, gláucos; el color, claro y aéreo.

Estos otros son españoles. Cuando se les pregunta, contestan que vienen de la provincia de Salamanca.
-Llegan ustedes muchos de aquella parte?
-Sí, señor; venimos muchos.
-¿No está bien aquello?
-No; señor; no está muy bueno.. El trabajador no puede prosperar. Aquí dicen que se paga el trabajo...

Ha sonado una voz. Es hora del rancho y todo el mundo se conmueve. ¡Fulano!¡Zutano! El rebaño ondula y se aviva el olor de la bazofia. Los más hambrientos, o los más audaces, preparan sus bártulos de comer; otros se arrastran en sus literas, con la pereza del que está cansado, espantosamente cansado. Cansancio de largas navegaciones, de las decisiones demasiado grandes para un carácter tan flojo; cansancio de la bestia que es llevada y traída sin saber por qué ni a dónde. Y los inmigrantes se ponen a comer. No han hecho otra cosa desde que embarcaron; acudir a los toques de campana, obedecer las órdenes de los capataces, comer el rancho, digerirlo, dormir; igual que las bestias. Desde que se embarcaron han perdido la libertad. Ya no saben lo que es la independencia, ni el sabor acre, a veces doloroso, de la comida buscada por sí mismo. Los rejuntaron en la proa de un buque y los manejaron como cifras anónimas de un total. Los marineros les pegaban empellones, el capitán les miraba desde lo alto de un puente, como un comerciante mira su montón de fardos-. Comían, docrmían, siempre a la voz de mando, Han olvidado ya la conciencia de los movimientos libres e individuales.

Ahora, al desembarcar, otra vez han tenido que apelotonarse y obedecer al pastor que les guía. De la proa del trasatlántico han pasado a la zahurda de este mal nombrado hotel. Comen un pan uniforme y anonimo, imperativo: no es aquel pan autónomo y libre, el que se logra con sudor, el que se coe con una sensación de presa conquistada. Si al hombre le quitamos la felicidad de conquistar su pan con el propio esfuerzo, le habremos quitado la más grande felicidad. Pero todavía después vendrá alguien, un amo anónimo, y se llevará a los inmigrantes. Irán formando cuadrillas, por caminos que desconocen, hacia pueblos y campos exóticos. Otra vez les harán dormir en las estaciones o en las barracas, en montón de rebaños, y les darán de comer el pan anónimo. Caerán sobre los sembrados, y segarán los mares de trigo, Un capataz les darán órdenes, y se moverán con movimientos disciplinados durante muchos 
días.
Hasta que el tiempo, obrando por consejo del destino, deshará el rebaño y cada bestia buscará el camino diferente. Se dispersarán. El viento del destino los esparcirá a lo largo de América, y entonces las bestias se convertirán en hombres.

Unos encontrarán un rincón amable, y allí harán su nido; otros irán errantes, nomadas, de pueblo en pueblo, probando todos los oficios y todas las aventuras. La fuerza que cada uno de ellos llevaba consigo sobrenadará con el tiempo y acaso se realizarán asombrosas maravillas de evolución.

Aquella bestia inmigrante, la que se arrastraba en la proa del trasatlántico, ¿quién sabe a qué estado de evolución podrá llegar? Cada hombre es un misterio, y en cada hombro hay una fuerza oculta, cuya finalidad nadie es capaz de prever. De cualquiera de estas bestias que aquí, en el barracón, se hacinan ahora, puede surgir el general dominador, el ministro poderoso, el sublime artista o el rico hacendado.

¿De qué levadura están formadas estas Repúblicas, sino de levadura inmigrante? Otros seres anónimos como estos llegaron al puerto y fundaron estirpes. En ciertas naciones del viejo continente se busca el origen del abolengo en las glorias de la espada; pero aquí las estirpes apenas pueden remontar la cuesta de cuatro generaciones sin tropezar con el anónimo inmigrante que comía el rancho en la proa de un buque. Los que hoy guían un automóvil o un caballo alazán, las que visten trajes de seda y leen directamente a Huymans, tuvieron un abuelo tan feliz como estos pobres hombres que rondan estúpidamente por el patio del hotel.
Vieja Europa, tu destino es volcar hombres sobre estas tierras americanas. Nutrir con sangre y alma estas llanuras vacías, formar nuevas generaciones humanas. Después se sabrá lo que sale...

Si resulta algo grande o resulta nada más que una medianía.

José María Salaverría
29 de Noviembre 1909

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