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Un herrero en la Universidad


Lo que vamos a escuchar de Jesús Juez -fijáos qué nombre- va a ser una lección singular, una lección atípica; es decir, no va a ser la típica lección y, sin embargo, va a ser una lección magistral, el tipo de lección que los que tenemos por oficio darlas, o por obligación tomarlas, debiéramos estar siempre dispuestos a recibir. En este caso será la lección de quien supo hacer con los metales, y de los metales, lo que en cada momento necesitó, y lo hizo superando con talento, con intuición, con tesón, con humildad, lo que acaso le faltara de medios y de conocimiento básico.

Cuando yo se la escuché en una memorable sobremesa, gozando de su hospitalidad en la entrañable y hermosa Cervera del Río Pisuerga, pensé que había escuchado cosas que eran metalúrgica y humanamente, demasiado interesantes para ser el único beneficiario, y me propuse hacer lo necesario para, venciendo su modestia, preparar este encuentro. Por otra parte, la cosa ha sido fácil porque en la sección de Metalurgia de la ANQUE y en el Departamento de la Facultad hay sensibilidad para estos temas y, gracias a ello, aquí tenemos al Sr. Juez que, en esta ocasión, más que a dictar sentencia, viene a dar testimonio.

Jesús, me gustaría que repitiera ante estos buenos amigos, lo que me contó en aquella conversación con la misma naturalidad que lo hizo aquel día; que recordara en voz alta sus vivencias "fraguadas" en Arbejal dando formal hierro y carácter al acero.

Los metales no deben ni pueden renunciar a su historia y, desde esa perspectiva histórica, debemos ver en los herreros rurales, mientras queden -y que sea por muchos años- los descendientes, por la vía del arte de los metales, de aquellos Magos de Oriente que forjaron herramientas para labrar las piedras del Templo de Salomón o lo surcos en la tierra prometida; náufragos en el mar hostil de una civilización pedante que sabe, pero no entiende, no siente.

Estos amigos, Jesús, somos sus compañeros de oficio, pero menos diestros. Estudiamos para saber el por qué de lo que usted sabe hacer como ninguno. Estamos dispuestos a meditar sobre nuestra vanidad, ante su ejemplar sencillez y la noticia de su habilidad con el hierro. De las pocas cosas que sabemos bien quiero destacarle una: sabemos que algunos estamos en la Universidad porque hombres como usted y como Eusebio -nuestro querido Eusebio- han aceptado, pacientes, su destino, y nos dan cada día, sin proponérselo, con envidiable señorío, la gran lección de trabajar a gusto. Tenía ganas de decir ésto precisamente aquí, como homenaje a ustedes, a los Jesuses y a los Eusebios que a diario hacen tanto, tan bien, y de manera tan inteligente; desde forjar un hacha o una azuela y darlas el temple debido, hasta tallar con ellas una viga de roble o una almadreña, o dejarlas un momento para dar una batida al lobo, una mano al jabalí o al corzo, o catar una colmena.

Queridos amigos, si entendiésemos lo que Jesús nos diga, situándonos en su momento y en su mundo, y fuese verdad nuestro conocimiento de los metales desde otra perspectiva que la de este cabal herrero, estaríamos en trance de encontrar la conjunción de dos menesteres recíprocamente necesarios, conjunción que vengo viendo buscar sin demasiado convencimiento, desde que uso de la razón científica, aunque de cuya necesidad hablaba así Reamur hace ya más de doscientos cincuenta años.

"Qué nuevos perfeccionamientos no se hubieran producido si los estudiosos que hubiesen adquirido conocimiento y experiencia en las varias partes de las ciencias naturales se hubieran tomado la molestia de examinar y razonar los ingeniosos trabajos desarrollados por el hombre adiestrado en su taller. De esta manera, ellos mismos apreciarían las necesidades del oficio, las limitaciones que han tenido retrasado al artesano, las dificultades que han obstruido su camino y la ayuda que se pueden prestar mutuamente los oficios, todo lo cual raras veces está en condiciones de percibir el propio trabajador, al que sí se le pondría en situación de hacer nuevos y útiles descubrimientos. Al mismo tiempo, podrían aprender de él qué parte de la teoría debe cultivarse con más interés, con objeto de explicar mejor los aspectos prácticos, y cómo enunciar ciertas reglas útiles en relación con las delicadas operaciones que dependen, hasta ahora, de la intuición de un hombre hábil, cuyo éxito es demasiadas veces incierto".

Está claro que las naciones que entendieron ese discurso, y supieron desarrollarle, han encontrado el provecho propio e ilustrado al mundo en el capo tecnológico. Ciertamente entre ellas no está España.

No fue fácil convencer a Jesús Juez para que viniera a contarnos su vida en la herrería, en la fragua, a enseñarnos cómo hacía con sus propias manos, guiadas por su cabeza y por la experiencia del maestro. Espero que nos lo cuente todo, todo lo que dé de sí este rato, no estamos en la competencia. Confío en que cuando llegue el momento de hablar del rito del tratamiento térmico no nos diga como su maestro a los contertulios de la fragua: "salios, que voy a templar". No le obedeceríamos; en la Universidad se ha perdido la buena costumbre de echar de clase a quien no merece estar en ella.

Jesús, tome usted la palabra que me corresponde darle en nombre de todos; sabe usted con cuánto afecto y emoción lo hago; y acepte también nuestro agradecimiento por haber accedido a nuestro deseo de escucharle.

Entrevista a Jesús Juez para la sección "Protagonistas" en el Norte de Castilla" por Froilán de Lózar





Felipe Calvo, humanista palentino. 
Ensayos y escritos en "Curiosón".

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