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El trabajo en las minas de Vizcaya


Voy a ocuparme un poco de las minas de Vizcaya para daros a conocer los explotadores y explotados, las fatigas y trabajos, las crueldades o injusticias que con los mineros subterráneos, barrenadores y escombreros, cometen los acaudalados vizcaitarras de una santa conciencia patronal minera.

Levántase el minero á las cinco de la mañana en invierno y á las cuatro en verano; coge el candil y emprende su viaje de recreo camino de la galería; allí están sus compañeros, sus hermanos de fatigas, que como él han tenido que abandonar el lecho para ganar un pedazo de pan, para enriquecer a unos zánganos de la colmena social que mientras ellos están bajo riquísimas mantas bien abrigados, el minero va a arrancar mineral para que se llenen y aumenten sus gabelas con oro; oro, que es gota de sudor del minero, sangre líquida de sus venas.

Allí conversa con ellos diciendo: ¿Cuándo terminará esta inicua explotación del hombre por el hombre? ¿Cuándo conoceremos que somos los productores y no recogemos nada?
¡Maldita sociedad corrompida! ¿Cuándo se vendrán abajo tus cimientos? ¿Cuándo se desengañará el obrero de que es un ser productivo? ¿Cuándo descorreremos este velo tupido y tejido en los talleres del fanatismo y que nos tiene vendados los ojos? ¿Cuándo romperemos las cadenas de la opresión que nos trae uncidos á la carreta hipócrita de esta infame burguesía? ¿Cuándo dejaremos de criar hijos que sirvan para carne de cañón, de prostitución y pingajos de cárcel, de hospital, de miseria y de hambre? ¿Cuando?...

¡Alante!, se oye una voz estentórea y seca que sale de los pulmones del capataz. Penetra en la galería. ¡Vedle! Parece un gusano roedor que se filtra en las entrañas de la tierra. ¿Saldrá? No lo sabe. Llega el avance; allí, con la débil luz de un candil, sujeto á una soga podrida, empuña el pico y la punterola para escombrar. Tarea difícil y peligrosa; caen piedras, le dan en manos, pies y cabeza, y siempre resignado. ¡Pobre minero! Al fin termina de escombrar; su compañero trae pistolos, maza y cucharilla; viene el capataz y marca los tiros. Vedle con su mano callosa y su brazo extenuado por la fatiga coger el pistolo y entre él y su compañero agujerean aquella piedra de mineral o caliza. Ya están hechos los tiros; ahora a cargar, venga dinamita, pistones y mecha. ¡Fuego!, ¡ardiendo!, estas son las voces; se desliza como una culebra por el avance y se pone a salvo de los tiros.
¡Pum... pum... pum... pum... pum!... Cinco; todos, dice el minero, y de metro.

El capataz le increpa por qué no los dio más largos. ¡Canalla! Por la tarde otros cinco; la cuestión es que salga mineral aunque se reviente el minero y trague el humo del candil y munición por si no tiene bastante con , el polvo de mineral para morir intoxicado. ¿Alimentos? Sanos y nutritivos: patatas al almorzar, alubia roja al comer e idem al cenar. ¿Cecina? Abundante y buena; a lo mejor se ve detrás de una alubia una cosa negra, y creyendo que es una mosca, ¡sorpresa! es un pedazo de tocino de caja ó tasajo que le echó la patrona. ¿Jornal? Exagerado: 3'75 pesetas con luz y 4 sin ella.

Esto son los mineros, los que mejor están si no les cae un liso y los sepulta. En otra os daré detalles de los barrenadores.

H. G. y F. ,
Bejar Nueva
Diario Republicano
Bejar, 21 de Enero de 1911

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